La lectura de REACCIONA, pese a su brevedad, se ha retrasado –primero– y alargado –luego– mucho. Comprado en primavera de 2011 … lo he acabado hace nada. Me ha impresionado el capítulo 9, una opinión que, principalmente, comparto. Habría escrito tantas citas, en realidad de todo el libro, que sólo me faltaba eso a efectos de no acabarlo nunca. Se me ha ocurrido buscar en particular este apartado y ahí estaba, disponible por completo en pdf … para que no tuviera que copiarlo integramente 😉

“«No es de una crisis de la cultura de lo que en realidad se trata, sino más bien de su destrucción».
-Michel Henry
En el lugar en el que usted podía ojear las memorias de Chateaubriand, un volumen caro que tal vez tardó meses en decidirse a adquirir, ahora un ejecutivo despieza con la precisión de un cirujano un magret de pato. En la tienda de discos donde le descubrieron a Tom Waits, la banda sonora de su vida, ahora se levanta un Starbucks. Y donde vio su primer concierto, ese que nunca podrá olvidar, actualmente hay una tienda de una cadena multinacional que vende ropa barata, fabricada en condiciones laborales desconocidas en algún país asiático.
Cuando, ante la indiferencia popular, las viejas librerías, las tiendas de discos y las salas de conciertos se transforman en bistrós, tiendas fashion y cafeterías posmodernas, es que la cultura agoniza: se ha rendido a la voracidad de políticos depredadores, de intelectuales millonarios y de ciudadanos conformistas. Todos aquellos lugares mágicos que nos guiaban como faros en la tormenta, poniendo al alcance de nuestra curiosidad mundos ignotos, sonidos formidables y pensamientos rebeldes, esos lugares que marcaban el pulso de la cultura de una ciudad han sido desplazados no sólo por la torpeza de las editoriales o la amenaza de las descargas ilegales, sino por la especulación inmobiliaria, la competencia desleal de las grandes superficies, la incompetencia de las administraciones y la trivialización del conocimiento.
Carecemos de referentes, navegamos en el desorden y nos asomamos al abismo. Hoy nadie protesta por la muerte de una librería, una tienda de discos o una sala de conciertos, como nadie se queja de la decadencia de un museo, el esperpento de la programación televisiva o el abandono de la educación pública.
Vivimos gobernados por el poder financiero. La apología de lo superficial, una orgía consumista, el esplendor del low cost intelectual, la movilización de Internet y las redes sociales por la inmediatez y la gratuidad.
¿La globalización? Podría parecer que los cientos de miles de millones de individuos que pululamos por el planeta somos capaces de encontrar todo el conocimiento, el entretenimiento y el ocio de calidad en los posos de un caffè latte, en una cadena de televisión dedicada las veinticuatro horas del día a Gran hermano o en un clic del ratón del ordenador. No es así.
El bienestar de nuestra sociedad, construido de espaldas a la solidaridad, la dignidad, la verdad y la ética, es precario. No podía ser de otra manera: está basado en el egoísmo. La cultura, como la libertad o la democracia, también son creaciones sociales perecederas. Mantener esa llama exige un mantenimiento, una atención constante. En caso contrario retrocederemos y reviviremos miserias pasadas.
La cultura es lo único que tenemos. Por eso debemos gestionarla los ciudadanos. No podemos confiar un arma tan poderosa, capaz de cambiar la sociedad, a unos políticos como los nuestros, ignorantes, ambiciosos, indolentes, ineptos, mentirosos, inmediatistas y soberbios, que desprecian el pensamiento, la imaginación, la utopía, los valores. Los ingredientes fundamentales para construir un mundo sano y creativo.
Hemos aceptado sin reservas que los líderes políticos transmitan ignorancia. No nos escandalizamos ante la imagen grotesca de altos cargos que no hablan idiomas, se expresan con dificultad, leen como chavales de primaria o se insultan y faltan al respeto. Dar por hecho que estamos en manos de unos inútiles, asumir la mediocridad de nuestros dirigentes es el principio del fin. La peor actitud siempre es la indiferencia.
Todo esto quizá le parezca apocalíptico. Ésa es mi intención. En esta sociedad todo, incluido este texto, tiene una vida muy breve, así que alguien que pretenda hacerse oír debe obligatoriamente gritar. Ideas, reflexiones y mensajes envejecen con sorprendente rapidez, quizá debido a la necesidad impuesta de olvidar el pasado y repetir errores. ¿El progreso es un fracaso? ¿Todo adelanto tecnológico implica un retroceso cultural? ¿Debemos sentir nostalgia de los viejos tiempos? Recuerde que hubo un día en que la Ilustración iluminó las sombras de los crucifijos con las luces de la razón. No se preocupe, no es necesario ir tan lejos…

LA EDUCACIÓN, EL GRAN PROBLEMA
Cuando escribo estas líneas, febrero de 2011, los diarios publican una noticia que resume todo el desprecio de la sociedad actual no ya por la cultura, sino por su propio futuro: «La educación española dispondrá de 1.800 millones de euros menos en 2011». Es una decisión de unas Comunidades Autónomas que, siendo responsables finales de la educación, se encuentran asfixiadas económicamente por el despilfarro, la mala gestión y el déficit presupuestario. Por desgracia los gestores del dinero público consideran que el futuro no existe más allá de las próximas elecciones. Cuatro años, una visión cortoplacista que condena a las nuevas generaciones a una educación miserable: España invierte en educación menos dinero en relación con el PIB (4,3 por ciento) que lo que se invierte como media en la UE (5,05 por ciento) y en la OCDE (5,3 por ciento). La tasa de abandono escolar (31,2 por ciento) duplica a la media de la UE (14,4 por ciento). Ninguna de las universidades españolas aparece en el ranking de las cien mejores universidades del mundo.
¿Te parece desolador? Pues aún hay más: la crisis económica golpea duro a la enseñanza pública, que soporta tijeretazos en los sueldos de profesores, becas universitarias, infraestructuras, actividades extraescolares, formación del profesorado, transporte escolar, gastos administrativos, agua, luz, calefacción… La Unión Europea censuró de inmediato los recortes educativos en España, un país donde el abandono escolar arrastra a los jóvenes a algo más que a la ignorancia. Invitarlos a dejar colegios, institutos y universidades significa obligarlos a incorporarse al mundo laboral, que es tanto como condenarlos al paro: cada vez hay menos puestos de trabajo para quienes carecen de estudios.
Los sindicatos piensan que se trata del mayor ataque a la escuela pública desde la Dictadura. «No existe ninguna otra inversión que produzca mayores y mejores retornos sociales y económicos que la educación», asegura el economista Guillermo de la Dehesa. «Es la clave del bienestar, del desarrollo y del progreso de un país ya que mejora la salud y el medio ambiente, reduce la pobreza y la desigualdad, aumenta el emprendimiento, la productividad y la competitividad y estimula la libertad y la democracia», sentencia. La adormecida sociedad española no parece pensar de la misma manera, puesto que permanece impasible ante un atentado que afecta no sólo a la educación y la cultura de los jóvenes, sino al futuro de todo un país. Ni una muestra de repulsa, ni una movilización estudiantil, ni una queja por parte de la oposición al Gobierno. Gravísimo error: el deterioro de la educación es el comienzo del fin, puesto que aumenta las diferencias sociales y culturales, multiplica la marginación, asienta la pobreza, borra las esperanzas. La destrucción de la educación pública es el problema número uno de este país, de cualquier país, por encima incluso del paro, del terrorismo, de la corrupción política…

LA REINA SABIA
Vivió hace muchos años una reina poderosa y sabia obsesionada con mantenerse en el poder. Separada del pueblo por grandes murallas y profundos fosos, cada día daba órdenes a sus leales para que las condiciones de vida de campesinos y trabajadores fuesen aceptables. Desde su palacio, entre lujos y tesoros, clamaba para que ninguno de sus súbditos pasase excesiva hambre o demasiado frío. Insistía a sus hombres de confianza para que sus gentes no padecieran miserias ni sufrieran enfermedades relacionadas con la pobreza. Les organizaba grandes fiestas, los invitaba a vino y bailes. «¡Que sean felices, que se diviertan!», decía. A la reina no le importaba que su gente tuviese de todo… excepto educación. Las órdenes eran tajantes: nada de escuelas, nada de maestros, nada de libros. «Si les damos eso, sabrán tanto como yo. Y entonces se darían cuenta de que no me necesitan», sentenció.
La cultura es la mejor revolución. Seguramente por eso a los gobiernos mediocres y dictatoriales les espanta la posibilidad de un pueblo educado, culto, con preparación, con criterio. La cultura, como decía Ramón y Cajal, refina el talento y evita las mentalidades entontecidas por el desuso. Es el arma más poderosa contra la intransigencia, los abusos, la dictadura, la marginación. La educación es el único camino para conseguir la plena y definitiva incorporación de la mujer a la sociedad.
No olvidemos que a escala mundial las mujeres constituyen el 70 por ciento de la población que no tiene cubiertas las necesidades básicas: atención sanitaria, nutrición y educación. Los materiales didácticos siguen siendo sexistas y las niñas tienen menos probabilidades que los niños de terminar sus estudios (una de cada cinco chiquillas que se matriculan en la escuela primaria no llegan a finalizarla. UNICEF, Estado Mundial de la Infancia, 2007). La población femenina representa dos tercios de la población analfabeta. Las mujeres sin educación siguen padeciendo dependencia familiar y dominación del marido, y son relegadas a los trabajos menos cualificados y con menos responsabilidad o influencia social. «Las mujeres también deben ser educadas», ha dicho Hajia Ahmed de Kunbwada, reina en tierra de reyes, la única mujer gobernante en la conservadora región del norte de Nigeria, «porque la educación significa que las mujeres pueden ser lo que ellas quieran ser. La educación y la cultura nos hacen libres».
Cuando la educación es insuficiente, cuando la cultura no es un derecho, la democracia es incompleta y la igualdad una utopía. Los cambios vertiginosos hacen concebir esperanzas. También crean incertidumbres…

LA RED
¿Podría acabar Internet con la cultura, tal y como la entendemos en la actualidad? No faltan opiniones apocalípticas, como la del polémico escritor angloamericano Andrew Keen, quien piensa que la Red es un sumidero intelectual donde resulta imposible diferenciar información de publicidad, criterio académico de superficialidad. «Cien colaboradores de la Wikipedia nunca podrán sustituir a un historiador o a un científico», afirma este defensor del saber individual y la cultura especializada.
El impacto de Internet y las redes sociales sobre la cultura es descomunal. Todo está cambiando: la creación, el consumo y la industria. Ante las dudas la Red nos invita a improvisar. En este nuevo mundo sin certezas ni referentes la primera consecuencia ha sido la eliminación de los intermediarios. La música, la literatura, el cine… Todo está a disposición de todos, a sólo un clic de distancia. La rapidez de la comunicación 2.0 es descomunal, tanto como para que alguien pueda llegar a pensar que el poder que concede una banda ancha resulta ilimitado: quiero algo, ya lo tengo.
Pero no es tan sencillo. La cultura no se comercializa en pastillas que, colocadas bajo la lengua, transmitan de inmediato sus beneficiosos efectos y conviertan, como sucedía con el dinero del Arcipreste de Hita, «al necio y rudo labrador… en hidalgo doctor». La cultura, también la digital, exige unos tiempos, un esfuerzo, una dedicación: de nada sirve bajarse toda la discografía de los Beatles, todos los libros de Miguel Delibes o todas las películas de John Ford si no escuchamos los discos, leemos los libros o vemos las películas. Internet nos ha convertido en obscenos nuevos ricos, acumuladores de cultura. Millones de Diógenes digitales rellenan cada día cientos de discos duros con toneladas de conocimiento. Jamás abrirán esos archivos: necesitarían diez vidas para hacerlo. Además prefieren ver la televisión…

EL PUEBLO QUIERE CIRCO
«En España el verdadero Ministerio de Cultura es la nefasta televisión», afirma el escritor Juan Marsé. ¿Una exageración? Teniendo en cuenta que España es líder mundial en telebasura, los índices de consumo dan la razón al autor de Si te dicen que caí: según un estudio de Barlovento Comunicación publicado por el diario El Mundo, cada español pasa frente a este electrodoméstico 234 minutos ¡cada día! (en 2010 ocho minutos más que el año anterior). Cifras impactantes que se pueden convertir en preocupantes si las comparamos con, por ejemplo, las relacionadas con la lectura: casi el 40 por ciento de los españoles no lee nunca prensa escrita y un 45 por ciento jamás abre un libro.
El Estado perdió hace tiempo el control de un arma tan poderosa como la televisión. En 2008 la televisión pública española fue objeto de una reforma que, además de suponer la prejubilación de más de cuatro mil trabajadores y conseguir una aceptable independencia política, despejó el camino a determinadas cadenas privadas. Las cadenas públicas autonómicas, auténticos sumideros tanto a nivel financiero como intelectual, siguen siendo utilizadas por los correspondientes Gobiernos como instrumentos de propaganda política. Las cadenas privadas españolas no respetan los códigos contra la telebasura, se saltan los horarios de protección infantil y emiten todo aquello que pueda disparar los audímetros. La degradación de los contenidos no cesa y los códigos de buenas intenciones sólo se crean para ser violados.
Cotilleos abyectos, falso periodismo, violencia, machismo, manipulación, clasismo… La degradación de la televisión en España, su desprecio por los derechos fundamentales, no tiene equivalente en el resto de países europeos. La caja tonta se ha convertido en la caja sucia, un estercolero donde se alimentan a diario millones de ciudadanos, niños incluidos. Recordemos que 77.000 niños veían cada día Aquí hay tomate, el programa que representó la cumbre de la telebasura. Y que, según un estudio de la Universidad Complutense, los preadolescentes y los adolescentes que pasan más horas viendo la televisión son quienes presentan mayores niveles de agresividad.
Las cadenas de televisión son concesiones del Estado. Diferentes Gobiernos y distintos defensores del Pueblo han iniciado cruzadas contra la telebasura que, tras ocupar portadas y abrir telediarios, se han desvanecido sin dejar rastro. En 2005 el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero llegó más lejos y propuso un régimen sancionador para que, en caso de que una cadena cometiese tres faltas muy graves en un mismo año, pudiera ser revocada su licencia. Han pasado los años y las únicas sanciones impuestas son las que menos preocupan a las televisiones: las económicas.
Gracias a la eliminación de la publicidad en la televisión pública los beneficios de las cadenas privadas se han disparado. Telecinco ganó 70,5 millones de euros en 2010, un 45,6 por ciento más que el año anterior. Y el grupo Antena 3 ha logrado en ese mismo periodo un beneficio neto de 109,1 millones de euros, lo que supone un aumento del 79,6 por ciento respecto al año 2009. La telebasura es rentable y la culpa no es sólo de las cadenas que generan detritus, de los telespectadores que los consumen o de los gobiernos que lo consienten.
La publicidad, que financia la peor televisión de todos los tiempos, también es responsable del deterioro audiovisual. Una lástima, porque la televisión podría haber sido una excelente aliada de la cultura. La famosa ventana al mundo, que prometía información, educación y entretenimiento de calidad es, en realidad, un negocio millonario sin cortapisas morales o éticas que fabrica su propia realidad, reverencia a las grandes audiencias, estandariza la bazofia y se defiende con la teoría de la demanda: ¡el pueblo pide circo!
La televisión se ha convertido en un enemigo silencioso, constante y letal. El altavoz de todos los defectos de nuestra sociedad. La culpa no es del electrodoméstico, evidentemente, sino de la voracidad de las empresas privadas que dirigen la mayoría de cadenas y que olvidan que éstas deben cumplir un servicio público en su condición de concesiones del Estado. En la actualidad las televisiones privadas españolas sólo tienen dos objetivos: enriquecerse económicamente y utilizar sus informativos para obtener beneficios políticos.

CULTURA LIBRE Y GRATUITA
Paradójicamente son las nuevas tecnologías quienes pueden liberar al pueblo del yugo de la telebasura. El telespectador que pretenda escapar de la red tejida por la desinformación, la publicidad y la mala televisión ya no necesita desintonizar las cadenas especialmente repugnantes. Ahora puede incluso crear su propia programación. Olviden el rito antropológico del salón familiar, el sofá de escay y el «a ver qué echan». Los viejos audímetros agonizan. La televisión a la carta es un hecho; su programación, infinita, y sus receptores, cada vez más numerosos: el ordenador, el móvil, las tabletas…
«Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten», asegura el artículo 27 (1) de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La realidad es bien diferente: nunca las diferencias entre pobres y ricos fueron tan grandes, jamás los intereses particulares pisotearon como ahora los intereses generales.
El mundo de la cultura no permanece ajeno a la corrupción y el clientelismo. El espíritu crítico ha dejado paso al amiguismo, al clientelismo. Al rebelde le espera la marginación; al dócil, el éxito. Los creadores se venden por una subvención o un galardón, como podemos ver con prestigiosos premios literarios que, pese a ser de dominio público que están amañados, reciben los parabienes de políticos, intelectuales, instituciones y medios informativos.
Acceder con libertad y de forma gratuita a la cultura no significa necesariamente la democratización universal del conocimiento o de las artes. Significa que han cambiado las reglas del juego. Se hunden las grandes industrias culturales, quizá renazcan las pequeñas corporaciones, se rediseña el mapa de los mercados del entretenimiento. Mientras esto sucede, todos culpan de sus respectivas crisis a la Red y a quienes, aprovechando las aguas revueltas y los vacíos legales, capturan contenidos de manera gratuita. Los piratas…
Un disco, un libro o una película no valen nada. Eso cree hoy día mucha gente, que considera las descargas (ilegales) la democratización absoluta de la cultura. Es un tema peliagudo… Los abusos de la industria han sido tan grandes y tan prolongados que muchos consumidores se creen legitimados para tomarse «la cultura por su cuenta». Olvidan obviedades tales como que quienes escriben libros, graban discos y ruedan películas también comen. Y que es la industria quien, con sus inversiones, ha hecho posibles las grabaciones de Phil Spector, la distribución de los libros de Houellebecq o el año 2019 en Los Ángeles que vimos en Blade Runner.
La realidad es despiadada: entre bonanza y crisis no se ha producido periodo de aclimatación. En la última década las ventas de discos compactos han bajado un 80 por ciento. Un 21 por ciento sólo en 2010. En ese año los españoles nos gastamos en música legal 166 millones de euros, 45 menos que el año anterior. Los datos, extraídos del informe anual de Promusicae, la entidad privada que representa a la industria musical española, nos convierten en reyes del pirateo, líderes mundiales en descargas de canciones sin pagar derechos de autor.
Según el informe Barómetro de Hábitos de Lectura en 2010, realizado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) con la colaboración de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, la venta de libros descendió un 10 por ciento en el primer trimestre de 2010, periodo en el que la piratería del libro electrónico creció de un 19 por ciento a un 35,1 por ciento.
Los números de la industria cinematográfica española, una de las más afectadas por las descargas ilegales, tampoco invitan al optimismo. Según un informe de la Federación de Cines de España (FECE), el número de espectadores pasó de 110 millones en 2009 a 98,7 millones en 2010, un 10 por ciento menos. Las salas recaudaron en 2010 un total de 645 millones de euros, un 3,9 por ciento menos que el año anterior.
El desplome de la industria de la cultura tradicional es un hecho. No desesperemos. Con toda seguridad en estos momentos un nuevo diseño se está incubando en las entrañas de la Red. Existe orden en el caos. La tecnología señala un futuro abierto, inagotable, ¿libre? Aún es pronto para saberlo, puesto que ni siquiera los visionarios han sido invitados a la fiesta: desconocemos cómo serán en el futuro las estructuras del conocimiento y las relaciones entre autores, mediadores y consumidores. La crisis sigue abierta. ¿Tenemos algo que decir los ciudadanos?

¡A LA CALLE!
Nos jugamos mucho. Por fortuna el español no es un pueblo pusilánime, de esos que necesitan un terremoto para salir a las calles y mostrar sus sentimientos. En julio de 2010, sin ir más lejos, cientos, miles de españoles abandonaron la seguridad y las comodidades del hogar y tomaron de manera pacífica pero ruidosa y apasionada los lugares comunes de sus ciudades. La muchedumbre, excitada, se movía como una sola persona, coreando los mismos himnos, gritando similares consignas, navegando en una única dirección. El motivo no era mostrar el desencanto social ni protestar por la crisis económica, la corrupción, la mediocridad política o el abandono de la sanidad pública. La selección española de fútbol ganó su primer campeonato del mundo y los españoles no pudieron resistirse y mostraron su júbilo de manera tan apasionada como coordinada.
¿Quién dijo que en nuestro horizonte moral lo único que se veía era individualismo? El aislamiento, cada vez más vinculado con la desigualdad, es debilidad: un pueblo ignorante, dividido y pusilánime está en manos del poder. Sin valores colectivos carecemos de futuro. La fragmentación de la vida social, el deterioro de la economía, la destrucción de lo público, la voracidad de los mercados, la hipocresía de los políticos, la inoperancia de los gestores, la falta de oportunidades, la especulación inmobiliaria, la destrucción del medio ambiente, los casi cinco millones de parados… Son problemas ajenos. Los españoles no parecemos sentirnos personalmente implicados con la realidad económica, política y social. Toleramos el fracaso del sistema. Vivimos la modorra de la prosperidad, del aburguesamiento. Aceptamos la ineficacia de nuestros representantes, la torpeza de la administración, la pérdida de los derechos laborales, de la calidad de vida. Apostamos por el individualismo, el sálvese quien pueda, y consideramos la solidaridad una debilidad, quizá el último recurso. Protestar no está en nuestro código genético.
¿Queremos sobrevivir? Si pretendemos hacerlo en un mundo más justo, el futuro pasa por resucitar la cultura. La cultura se construye a través de la educación. Y la educación es altruismo: compartir conocimientos. El sacrificio personal y desinteresado por el beneficio ajeno.
El poder económico y político quiere un pueblo individualista, insolidario, anestesiado. Toca a rebato. Unamos las fuerzas, confiemos en nuestros vecinos, alimentemos la cólera social, levantemos la voz. ¡Reaccionemos!
Y no olvidemos que luchar por la cultura es luchar por el conocimiento, por la dignidad, por la igualdad.”