Esta entrada fue originalmente escrita para Aprender y Emprender.
La muestro aquí sin las ligeras modificaciones de maquetación que hubieron en su publicación en dicho site.

Reflexionando sobre lo que escribí estos días he llegado a pensar que la ética es la excelencia (o la búsqueda de la excelencia, si entendemos que nunca nada es excelente –todo se puede mejorar–).
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La ética en la empresa
Casi nada… ética y empresa en el mismo artículo 😉
Dos términos que en la vida real parecen, como el agua y el aceite, resistir a conjugarse en armonía.
Voy a intentar aquí desgranar algunas opiniones sobre tan peliaguda cuestión; peliaguda, porque es fácil encontrar demasiadas tentaciones que impidan actuar de modo ético.
Actualmente hay un gran interés por la ética en la empresa; tanto interés que se ha renombrado. Y en la actualidad conseguir un nuevo nombre para un conjunto de valores e ideas preexistente es señal del gran interés de los medios y la sociedad en la materia. Ahora a la ética en la empresa se le llama RSE/RSC (Responsabilidad Social Empresarial/Corporativa).
Pero, claro, con el tamiz de la normativa regulatoria, la ética ha pasado más a moral que a ética propiamente dicha. No se si se recuerda de las clases de filosofía la diferencia entre ética y moral.
La ética en la empresa (y en la vida) se basa en dos aspectos principalmente: transparencia y ‘autenticidad’. Bueno, cuatro aspectos si le sumamos la empatía y la resiliencia como dos características que no se enmarcan en las anteriores.
La transparencia es la mejor manera de comunicar lo que uno hace y de permitir a los valores y principios expresarse por sí mismos, informando de manera clara y accesible.
La relación con el medio ambiente, los empleados y los sistemas de producción (internos o subcontratados), el sistema de promoción, la filantropía, la contabilidad clara y el producto con significado y propósito, son todas cuestiones que deben someterse a un proceso continuo de seguimiento que permita su monitorización, sin reducirse o limitarse a una memoria anual.
La autenticidad, la fidelidad a uno mismo, es, en mi opinión, el segundo gran aspecto a considerar en la ética empresarial. Ser fiel a uno mismo, ser coherente con nuestros objetivos y la manera de alcanzarlos es la mejor manera de no mentir(nos).
Además, la autenticidad puede ser el valor que nos mantenga con un producto no-bullshit, con ese producto con significado al que me refería antes. Ese producto con un propósito mantiene al equipo motivado por entregar algo útil al resto del mundo, y así se conjuga la verdadera innovación.
Hablaba también de la empatía, sin ella no puede haber autenticidad en nuestros productos o servicios. Necesitamos entender a nuestro cliente, sus motivaciones y necesidades, para que de verdad exista el tan ansiado product/market fit.
Pero además de entender a nuestros clientes, la empatía nos ayudará a ser tolerantes. Comprender que no todo el mercado va a entender nuestro producto y aceptar que eso será así, nos hará ser mucho más precisos en la búsqueda de nuestro cliente y más realistas al definir los objetivos.
Evidentemente nada de lo que digo es fácil, por eso la resiliencia es el cuarto valor que he indicado. Cae siete veces, levántate ocho.
Una y otra vez entiende tu mercado, redefine tu cliente, mejora tu producto, descubre como realmente encajan cliente y producto en tu mercado, sin desatender al equipo, tus compañeros, y su propósito personal, como parte de una empresa. Y no te olvides de los resultados, si no funciona, cierra. Si funciona, devuelve a la sociedad lo que ésta te ha dado.
Hay que ser muy constante y trabajar mucho (resiliencia) para alcanzar el mercado con un producto con significado (empatía), por eso hacerlo de modo coherente con uno mismo (autenticidad) ayuda a no perder el norte y nuestros actos –mejores o peores– hablarán por nosotros (transparencia).
Por ello, la mejor manera de que la empresa sea ética, es que lo sean sus promotores. Leía hace poco en la parábola del liderazgo:
“Contrariado, el anciano vagabundo miró sorprendido al emperador, y echándose a reír le dijo:
– Te contaré un secreto. Solo me he gobernado a mí mismo a lo largo de mi vida. En ella he comprobado en numerosas ocasiones cómo quien pretende gobernar a otros, acaba desgobernándose a sí mismo; y cómo quien trabaja para gobernarse, acaba gobernando a otros.”
Pero hablaba al principio de las tentaciones que pueden complicar actuar éticamente y no quiero dejar de mojarme con ellas. Anoté, entre otras ideas, algunas preparando esta entrada. Y curiosamente la mañana que me decidía a redactar, leo en un artículo sobre el deseo de cambiar el mundo:
“Las instituciones más poderosas son las corporaciones, con un poder sin igual, con montones de empleados, un enfoque despiadado en el beneficio y un decido interés en el aspecto material de la vida.”
Creo casi sin dudarlo que el principal obstáculo para actuar de manera ética es la excesiva sensación de “estado de guerra” en el que hoy se juega en el mundo empresarial. Es un juego de suma-cero en el que se busca no sólo el beneficio, sino la total dominación del mercado elegido, sin dejar lugar a la competencia.
Cuando las presiones por maximizar el beneficio son tantas, algunas fórmulas se convierten en una trampa para la empresa misma: llega un momento en que las inversiones se hacen mirando el beneficio fiscal que se pueda derivar de las mismas y se presentan vistas contables que no reflejan la realidad. O se llama innovación abierta a una innovación que sigue siendo cerrada (pero actúan diferentes empresas intercambiando sus creaciones “protegidas”).
O se aprovechan reformas del mercado de trabajo restrictivas en lugar de alentar reformas expansivas, cuando no, al rebufo de tendencias globales, no se vigilan las acciones de los proveedores y se saca el máximo partido de los clientes mediante prácticas que lo vinculan a la empresa de manera artificial.
Por no dejar de citar esta burbuja emprendedora que parece ahora ralentizarse, en la que la idea de crear una empresa no es crear riqueza, sino hacerse el fundador rico. En ocasiones, sí, ofreciendo un servicio o producto, pero en muchas otras ofreciendo una patata caliente que irá de ronda en ronda de financiación (incrementando su valor en cada una) hasta el estallido o la dilución en la sociedad (bolsa) de las pérdidas. Con unos medios de comunicación que presentan el emprendedurismo como el único modelo para evolucionar como personas. Aunque ya hay voces que tratan de hacernos reflexionar.
Leia en Expansión, también cuando ya iniciaba esta lineas:
“En nuestra práctica diaria encontramos compañías de tamaño medio y medio-grande que no eluden sus responsabilidades con intencionalidad o premeditación, sino que se dejan llevar por una inercia que las expone a importantes riesgos.”
¿Cómo se deja llevar uno? Leía a punto de acabar esta entrada en Signal vs Noise:
“Digamos que tu negocio es dependiente de sólo unos pocos grandes clientes. Cualquiera de ellos tiene el poder de hacerte sudar o, peor, te puede amenazar con hacerte cerrar. Si absolutamente necesitas su negocio, sin duda harás lo que diga o pida –incluso cuando es una mala respuesta o desvío de la misión general.”
El artículo en Expansión seguía:
“Un código de buen gobierno, y los criterios de ética corporativa que de él dimanan, no tienen por objeto sino el aseguramiento de la corresponsabilidad corporativa con respecto a la sociedad, a través del cumplimiento de las leyes.”
Afortunadamente, a pesar de este complejo panorama, en el que ser auténtico y empático se promueve en los medios y a veces se rechaza a espaldas de los mismos –recuerda, “maximizar el beneficio”–, algunas empresas (por lo general de nuevo cuño y que llamaríamos startups) están liderando los procesos de transparencia y autenticidad en la gestión mediante sistemas de gestión abiertos e inclusivos, mediante claridad en sus planteamientos de negocio, mediante ofertas de valor que consideran las motivaciones y necesidades de sus clientes, mediante el establecimiento de procesos que les ayudan a crecer.
Si a ello, además, añadimos las fórmulas de participación en el capital, por ejemplo mediante stock options que convierten al empleado en empresario y el empuje de la sociedad en favor de la presencia de la ética en las empresas, con más reinversión de beneficios y la devolución a la sociedad de lo que de ella se obtiene (impuestos), estamos muy cerca del cooperativismo.
Aunque como comentaba al principio, el éxito de una tendencia llega cuando dejas de llamarlo como siempre se le llamó y llega un rebranding de la misma. Las cooperativas se parecen a la ‘holacracia’, pero no lo suficiente. Aún nos falta un poco para encontrar un gran nombre y entonces… la ética habrá triunfado. 
😉

silta – Juan Tatay Galvany